La Semana Santa no comienza el día que se abren las puertas del templo y el paso cruza el umbral. Empieza mucho antes. Empieza en el silencio de un ensayo, en el olor a cera recién cortada, en las manos que planchan una túnica o en quien sube una imagen a su altar con el respeto de quien sabe que está tocando algo más que madera.
En los diez municipios de Caminos de Pasión —Alcalá la Real, Baena, Cabra, Lucena, Priego de Córdoba, Puente Genil, Carmona, Écija, Osuna y Utrera— la Cuaresma es un tiempo de preparación intensa. Una coreografía invisible que sostiene lo que después veremos en la calle.
Detrás de cada viacrucis, de cada traslado o de cada concierto hay semanas de trabajo sigiloso que dan forma a una tradición viva.
Donde nace el sonido de la Pasión
Las bandas de cornetas y tambores, las agrupaciones musicales y las formaciones de capilla ensayan durante meses para que cada marcha encaje en el instante preciso. En algunos municipios, los sonidos son únicos: el tambor, el torralbo, las saetas antiguas o los misereres. Son herencias transmitidas de generación en generación que forman parte de la identidad sonora de la ruta.
Quien visita Caminos de Pasión en Cuaresma puede detenerse ante la puerta entreabierta de un local de ensayo y descubrir que la Semana Santa no nace en la calle, sino en esos espacios humildes donde se repiten una y otra vez los mismos compases. La emoción del Jueves o del Viernes Santo comienza precisamente en ese esfuerzo, en la búsqueda del matiz exacto, en el ajuste del tempo.
Durante la Cuaresma, además, ese trabajo interior se abre al visitante en forma de conciertos de marchas procesionales y recitales de saetas. Son citas muy esperadas en teatros, iglesias y casas hermandad donde se presenta el repertorio que sonará en la calle. La saeta, desnuda y valiente, se eleva desde un atril o desde el altar y permite escuchar con calma lo que en Semana Santa irrumpe desde un balcón. Es otra manera de entender la tradición: detenerse, escuchar y dejar que la música explique, por sí sola, lo que está por venir.
Ensayos: el cuerpo aprende el rito
Antes de que el paso salga a la calle, hay muchas horas de ensayo.
Se ajustan alturas, se comprueba el peso, se marca el ritmo. En unos sitios se trabaja la levantá, en otros se fija el compás del tambor o se corrige la forma de andar. No es solo cuestión de técnica. Es coordinación y confianza. Jóvenes y veteranos comparten espacio, se corrigen y se transmiten normas que no están escritas, pero que todos conocen. El cuerpo aprende lo que luego hará durante la estación de penitencia.
Asistir a un ensayo es entender cómo funciona de verdad la tradición: sin público, sin aplausos, con trabajo constante y una responsabilidad que se asume en grupo. Como particularidad, en Lucena no hay ensayos: la santería se aprende con los años, acompañando y asumiendo responsabilidades de forma progresiva, en una preparación menos visible pero igualmente exigente.
Vestir la imagen: el arte del detalle
Vestir una imagen no es cambiar un traje: es un acto cargado de simbolismo.
Las camareras y vestidores preparan mantos, encajes, fajines y coronas con una precisión casi litúrgica. Cada pliegue tiene intención. Cada alfiler, una razón. El resultado final —esa Virgen que parece mirar de otra manera o ese Cristo que adquiere una nueva expresividad— es fruto de horas de trabajo minucioso.
Los talleres de artesanía cofrade mantienen vivos oficios como el bordado, la orfebrería o la restauración. Son parte esencial de esta preparación silenciosa que el visitante puede descubrir durante la Cuaresma.
Flores, cera e incienso: los sentidos se afinan
Nada en un paso procesional es casual. Los adornos florales se eligen según el momento que representa la escena: claveles rojos para la pasión, lirios morados para el recogimiento, rosas blancas para la esperanza. También se tiene en cuenta el volumen, la caída del arreglo, el color del conjunto y hasta la temperatura de los días para que la flor llegue en perfectas condiciones a la calle.
La candelería, por su parte, se dispone con un orden estudiado, marcando líneas y alturas que enmarcan el rostro de la imagen y refuerzan su expresividad. La cera, trabajada artesanalmente, aporta luz y simbolismo; se moldea, se riza o se perfuma, y cada vela ocupa un lugar concreto dentro de un esquema previamente diseñado.
El incienso, por su parte, no es un detalle menor. Es el aroma que anuncia la llegada del cortejo, que envuelve el paso y crea una atmósfera reconocible incluso antes de que se vea la imagen. Mezclado con la cera fundida, forma parte de esa memoria sensorial que identifica a nuestra Semana Santa y que permanece mucho después de que el paso haya pasado.
La subida de las imágenes: volver al altar
En muchos municipios, la Cuaresma incluye la subida de las imágenes a sus altares o a los pasos. Son actos íntimos, a veces solo para hermanos, otras abiertos a quien quiera acompañar. No hay multitud, sino silencio, y una sensación de que algo importante está comenzando.
Se desmontan andas, se ajustan estructuras, se colocan con cuidado los anclajes. Varias manos sostienen la imagen mientras otras guían el movimiento. No se dan órdenes en voz alta, basta una mirada o un gesto. Cada paso se mide, cada giro se calcula. Es un momento breve, pero cargado de significado: la imagen abandona su espacio habitual para ocupar el lugar desde el que saldrá a la calle. Y, así, comienza la cuenta atrás para el comienzo de la salida procesional.
Mujeres y hombres: custodios de una tradición viva
La preparación de la Semana Santa es un trabajo coral. Las mujeres han sostenido históricamente labores esenciales: vestidoras, camareras, bordadoras, organizadoras de cultos, responsables de patrimonio. Hoy, además, participan en juntas de gobierno, coordinan equipos y asumen responsabilidades en todos los niveles.
Los hombres, tradicionalmente vinculados a tareas como el montaje de pasos, ensayos o logística, comparten ahora espacios y funciones en un modelo cada vez más colaborativo. Más allá de los roles concretos, lo que define esta etapa previa es la comunidad. Hermandades y cofradías trabajan durante todo el año para que la Semana Santa sea posible aunando todas las generaciones de habitantes de un pueblo que vive la Semana Santa durante todo el año.
Visitar Caminos de Pasión en Cuaresma es descubrir esta otra Semana Santa: la que no siempre sale en las fotografías, pero sin la cual nada sucedería después. Es asomarse al interior de los templos, a los talleres, a los ensayos. Es entender que, cuando el paso cruza la puerta y la música rompe el silencio, la emoción no nace de repente. Lleva semanas, meses, incluso siglos, preparándose.





